
- El Bolso
- La Felicidad
- Convalecencia
EL BOLSO
|
La tierra está maldita
y el amor con gripe en cama.
La gente en guerra grita,
bulle, mata, rompe y brama.
Al hombre lo ha mareao
el humo al incendiar,
y ahora, entreverao,
no sabe adónde va.
De ¿Qué sapa Señor?
Enrique Santos Discépolo
— Y mañana a las ocho y media. No a las nueve menos cuarto.
— Sí señora.
— ¡Sí señora, sí señora! Yo trabajo también y no puedo llegar más o menos a las nueve ¡Tengo que llegar a las nueve!
— Sí ss…
¡Cinco meses que trabajo acá y nunca llegué tarde! —pensó— Ni siquiera falté. En cambio, ella no aparece casi nunca antes de las seis, como habíamos arreglado. Llega más o menos siempre después. Pero qué me importa, la verdad, se dijo, ella era feliz igual desde hacía unos cuatro meses.
Se fue por la salida de servicio de ese piso doce del barrio de Belgrano, donde vivía Mercedes Ibarra. Cuando estuvo en la calle, apretó el bolso de plástico rectangular que llevaba colgado del hombro y se fue caminando hasta la parada del colectivo que la dejaría en Constitución. Como todas las noches desde hacía un tiempo, el primer amor verdadero que sentía en su vida, la esperaba en la estación de Temperley.
El colectivo tenía que cruzar media ciudad. Cuando subió tuvo que quedarse parada. Apretó el bolso contra su pecho. “Por las dudas”, pensó. En la mitrad del trayecto pudo sentarse. Se acomodó para tratar de dormir. Siempre hacía eso. Total —pensó—, Constitución es la terminal.
Todos los días se levantaba a las seis de la mañana para llegar a tiempo a lo de la señora Mercedes. Ella le dejaba tres hijos a su cuidado, además de la limpieza del departamento que ocupaban cinco personas. . En el traqueteo del colectivo y la modorra, su pensamiento seguía: “Atender los chicos que se pelean, lavar, planchar, hacer las compras y encima dejar medio preparada la cena, me dejan cansada y no quiero estar cansada para el Tito”. Se durmió y soñó con sus besos.
— ¡A bajar! ¡Vamos!
El chofer gritaba desde el volante. Dos hombres y ella caminaron hasta la puerta y después fueron para el mismo lado, la estación del ferrocarril.
El andén estaba lleno para esa hora. La gente se movía inquieta.
— ¿Qué pasa? —preguntó a otra mujer que tenía los zapatos deformados por los juanetes y usaba unas medias tres cuartos de hombre, que la pollera no alcanzaba a tapar.
— No sé. Parece que hay lío con la empresa. Yo hace media hora que estoy acá parada ¡Con lo que me duelen los pies!
— ¿Y no sabe si va a haber tren o no? —preguntó ella y empezó a preocuparse.
— Sí, dicen que sí. Pero que viene atrasado.
— El Tito está esperándome —pensó— y se va a ir tarde para la casa. No quiero que esté mal dormido. Una obra es peligrosa.
Tito era oficial de albañil y madrugaba mucho todos los días para llegar a la obra donde trabajaba, en el norte de la Capital.
Un tren vacío entró en el andén. La gente, apiñada, caminó hacia las puertas, algunos se metieron por las ventanas que encontraron abiertas. En el amontonamiento, ella quedó prensada en el pasillo, arriba de la escalerilla para subir al vagón. A sus espaldas había varias personas más, un par con medio cuerpo colgando hacia afuera del tren. Ahora, ella tenía el bolso agarrado con las manos y siempre colgado del hombro. El pase semanal, no sé para qué en este loquero —se dijo—, lo tenía enganchado en el cuello del pulóver.
El tren arrancó y empezó a tomar velocidad. De pronto, se armó un revuelo en el pasillo del vagón, a la izquierda y vio tres hombres que empujaban y golpeaban a la gente para llegar rápido a la salida. Una mujer empezó a los gritos y otras voces la imitaron:
— ¡Ladrones! ¡Hijos de puta!
— ¡Párenlos!
— ¡Párenlos!
Aprisionó el bolso con una mano, pegó su cuerpo contra el hombre que tenía a la derecha y se sujetó tan fuerte como pudo, del marco de la puerta que iba al vagón de ese lado. Igual, la tromba la llevó por delante. La arrancó del pasillo, junto a otras dos personas, que se le fueron encima y la arrastraron Perdió pie, lanzó un grito de terror y agarró el bolso con toda su fuerza. Sintió un golpe terrible en la espalda, le zumbaron los oídos y tuvo la sensación de que caía en un pozo profundo, sin poderlo evitar.
La gente insultaba furiosa. Porque el tren había arrancado con personas colgadas; porque no se sabía cuándo iba a volver a salir, porque había pasajeros golpeados y una jovencita, tirada al costado de la vía que sangraba y parecía muerta. Algunos gritaban para descargar la bronca, otros se arremolinaron, curiosos, a mirar la chica.
— ¡Viajamos como bestias y todavía nos cobran, carajo!
— ¡Siempre lo mismo, roban a la gente y se largan con el tren andando!
— Mirá; no se mueve la piba. ¿Estará frita?
— Es el golpe, Japonés. ¿Nunca te quedaste groggy por un golpe?
— ¿Y ahora aparecen los tipos de seguridad de la empresa?
— ¿Qué estaban haciendo, viejo, mientras nos afanaban?
— Cuándo se les va a cantar hacer salir el tren, digo yo.
— ¿Qué te pasa flaco?
— Me parece que me reventé la pata
El personal de seguridad y unos policías empezaron a alejar a la gente agolpada alrededor de la chica, mirándola, con las piernas torcidas sobre el piso, inconsciente y perdiendo sangre.
— Circulen, circulen, dejen espacio.
— ¡Má que circulen ni circulen! ¡Tengo el brazo hecho pelota! ¿Cómo me arreglo?
— Tranquilos, ya llega la ambulancia.
— ¿Y nosotros? ¿Qué hacemos nosotros? ¿Nos quedamos a dormir acá?
— Circulen, circulen. A la estación, ya se les va a avisar cuando se reanuda el servicio.
— ¡El servicio! Esto es una joda.
Llegaron dos ambulancias. Una se ocupó de la chica y la otra de los contusos.
Cuando abrió los ojos vio a un hombre con batín celeste encima de su cabeza. Quiso hablar y no pudo, tenía puesto algo sobre la boca y la nariz. Oía el ulular de la ambulancia.
— ¡Reaccionó, viejo! ¡Metéle! ¡Está perdiendo mucha sangre a pesar del torniquete!
— ¡Son las siete, pibe! ¡El tránsito es un quilombo! ¡Transfundila, para eso estás!
— ¡Ya lo hice, gil! ¡Por eso reaccionó!
El del batín celeste la miró y se dijo: Es una morochita preciosa y no debe tener mucho más de veinte años.
Ella seguía queriendo hablar. Él acercó la boca al oído de la chica y le preguntó, sabiendo que no podría oírlo bien en ese estado:
— ¿Qué te pasa? ¿Te duele mucho?
Sacó un momento la mascarilla con el oxígeno y puso la oreja junto a la boca, para escucharla mejor.
— Eeel...Tito, me espera...
Volvió a ponerle la mascarilla, mascullando:
— ¡Me cacho, m´hijta! ¡Que espere! ¡Poné el alma en tu vida, que te hace falta!
A ella, otra vez, se le cerraron los ojos.
Un hombre corpulento con pelo negro y rizoso amarrado en una colita había esperado que pasara todo y que la gente se fuera, rezongando, hacia la estación. Fue uno de los últimos que se puso en movimiento. Levantó, como a quien se le cae algo, el bolso de plástico que había estado sosteniendo entre los pies, a tres metros de las marcas de sangre. Lo dobló y lo puso debajo de la campera. Ahora debo parecer un dogor — se dijo y a paso normal, poniendo cara de bronca, como tenían todos, empezó a caminar hacia la estación. Tardó en llegar al andén y cruzar los molinetes. El tren no se había parado tan cerca, después de todo. Enfiló hacia los baños. El olor a orín le pegó en las narices. Uno de los muchachos de siempre estaba ahí, con un jean apretado y reventándose un granito de la cara. Lo miró a él a través del espejo, le sonrió y se dio vuelta, quebrando la cintura. Él le levantó el dedo del medio con el puño cerrado y se metió en el retrete. El muchacho, a sus espaldas, se encogía de hombros frente al espejo. Cerró la puerta, bajó la tapa rajada del inodoro que, calculó, lo aguantaría. Se sentó encima, sacó el bolso de la campera y lo abrió. Aparecieron una remera y un delantal gastados y recosidos. Los tiró al piso, sobre la mugre. Encontró un monedero: tres pesos con cincuenta. No lo podía creer. Siguió buscando: un peine, un lápiz de labios barato y gastado y otras chucherías. Encontró un bolsillo grande contra un lado y se puso contento. Corrió el cierre y metió la mano, sacó una foto. En la foto se veía la piba que estaba tirada al costado del tren y un hombre como él abrazándole la cintura.
— Está sonriéndole como un huevón —pensó y colérico, rompió la foto mascullando — ¡La puta madre! ¡Me tomé tanto laburo por tres mangos de mierda!
|
LA FELICIDAD
Norma Troiano
|
El pelo se le vino a la cara cuando abrochó el corpiño. Se puso el pulóver y, recién ahí, con los dedos abiertos, se peinó la mata lacia hacia atrás.
— Chau —le dijo.
Él, todavía desnudo, la había estado mirando en la rutina de vestirse y dijo:
— ¿Chau, nada más? Podés darme un beso.
Ella, con la cartera en la mano, sonrió, tiró un beso con los dedos y se encaminó a la puerta del departamento. Él insistió:
— La pasamos bien. Podemos volver a vernos.
Ella, sin darse vuelta, levantó la mano para que se viera el pulgar hacia arriba. Sin embargo, no lo iba a llamar. Era una regla que había roto apenas por excepción. Por eso, cuando alguno que le parecía interesante le pedía el teléfono, siempre retrucaba pidiéndolo ella. Más seguro, más libre.
En estos casos no llevaba el coche. Entre salir del edificio, llegar hasta la parada, esperar el colectivo y hacer el trayecto, se le fueron cuarenta minutos. Caminó otras dos cuadras y antes de que sacara la llave, el portero, gentil, le abrió la puerta.
— Buenas tardes señora.
— Buenas Omar, gracias.
Tomó el ascensor principal y ahí sí, tuvo que usar la llave. Adentro estaba todo en orden, como siempre. Cruzó el enorme living, todavía iluminado por la luz del atardecer, el comedor con sus sillas vestidas y fue a la cocina a hacerse un café. Siempre que hacía el amor le daban ganas de tomarse un café, sería porque no era fumadora.
Leticia salió de su cuarto al oír ruidos.
— ¿Quiere que le haga algo, señora?
— No, gracias Leticia. Sólo voy a tomar un cafecito —y continuó —Las camisas que le dejé ¿están planchadas y dobladas?
— Si señora, las puse sobre la cama, en el dormitorio.
— Saque la valija de mano que siempre lleva el señor y vaya haciéndola. Ponga abajo las medias y los calzoncillos, después el pijama. Arriba van siempre las camisas y las corbatas. No se olvide que las medias tienen que hacer juego con las corbatas.
— Sí señora.
Estaba terminando el café cuando entró Juan.
— Hola querida.
Le dio un beso fugaz en la mejilla y apoyó el maletín en la mesada. Se aflojó la corbata.
— No tengo tiempo para nada amor. Me tengo que bañar, hacerme la valija y salir. Ya sabés, este trabajo me ocupa hasta los fines de semana.
Lo miró. Estaba tostado del trabajo de fin de semana de quince días atrás, probablemente en Las Leñas con alguna menor que él. Lo conocía bien. Le miró las manos cuando agarró el maletín otra vez y siguió mirándolo cuando se fue camino al dormitorio.
— No tenés que apurarte tanto, Leticia ya te está haciendo la valija.
El giró la cabeza para sonreírle y decirle gracias mientras seguía caminando.
Ella dejó la taza de café en la pileta de acero inoxidable y pensó, una vez más, que las cosas estaban muy bien así. El mejor de los mundos.
En el fondo de la taza, el café era negro.
|
CONVALESCENCIA
Norma Troiano
|
Estoy en una habitación de un metro treinta por dos metros cincuenta. Tengo las baldosas de veinte centímetros contadas. Paredes blancas, una cama, una silla, un baño, una ventana de una sola hoja, una repisa con travesaño para colgar la ropa a la vista. Nada más. Sin contar el baño, vienen a ser poco más de tres metros cuadrados según mis cálculos y unos ocho metros cúbicos, considerando techo de madera en declive.
|