NORMA TROIANO

Escritora Norma Troiano

EL BOLSO

 
 
La tierra está maldita
y el amor con gripe en cama.
La gente en guerra grita,
bulle, mata, rompe y brama.
Al hombre lo ha mareao
el humo al incendiar,
y ahora, entreverao,
no sabe adónde va.
De ¿Qué sapa Señor?
Enrique Santos Discépolo
 
      Y mañana a las ocho y media. No a las nueve menos cuarto.
      Sí señora.
      ¡Sí señora, sí señora! Yo trabajo también y no puedo llegar más o menos a las nueve ¡Tengo que llegar a las nueve!
      Sí ss…
¡Cinco meses que trabajo acá y nunca llegué tarde! —pensó— Ni siquiera falté. En cambio, ella no aparece casi nunca antes de las seis, como habíamos arreglado. Llega más o menos siempre después. Pero qué me importa, la verdad, se dijo, ella era feliz igual desde hacía unos cuatro meses.
Se fue por la salida de servicio de ese piso doce del barrio de Belgrano, donde vivía Mercedes Ibarra. Cuando estuvo en la calle, apretó el bolso de plástico rectangular que llevaba colgado del hombro y se fue caminando hasta la parada del colectivo que la dejaría en Constitución. Como todas las noches desde hacía un tiempo, el primer amor verdadero que sentía en su vida, la esperaba en la estación de Temperley.
El colectivo tenía que cruzar media ciudad. Cuando subió tuvo que quedarse parada. Apretó el bolso contra su pecho. “Por las dudas”, pensó. En la mitrad del trayecto pudo sentarse. Se acomodó para tratar de dormir. Siempre hacía eso. Total —pensó—, Constitución es la terminal.
Todos los días se levantaba a las seis de la mañana para llegar a tiempo a lo de la señora Mercedes. Ella le dejaba tres hijos a su cuidado, además de la limpieza del departamento que ocupaban cinco personas. . En el traqueteo del colectivo y la modorra, su pensamiento seguía: “Atender los chicos que se pelean, lavar, planchar, hacer las compras y encima dejar medio preparada la cena, me dejan cansada y no quiero estar cansada para el Tito”. Se durmió y soñó con sus besos.
      ¡A bajar! ¡Vamos!
El chofer gritaba desde el volante. Dos hombres y ella caminaron hasta la puerta y después fueron para el mismo lado, la estación del ferrocarril.
El andén estaba lleno para esa hora. La gente se movía inquieta.
      ¿Qué pasa? —preguntó a otra mujer que tenía los zapatos deformados por los juanetes y usaba unas medias tres cuartos de hombre, que la pollera no alcanzaba a tapar.
      No sé. Parece que hay lío con la empresa. Yo hace media hora que estoy acá parada ¡Con lo que me duelen los pies!
      ¿Y no sabe si va a haber tren o no? —preguntó ella y empezó a preocuparse.
      Sí, dicen que sí. Pero que viene atrasado.
      El Tito está esperándome —pensó— y se va a ir tarde para la casa. No quiero que esté mal dormido. Una obra es peligrosa.
Tito era oficial de albañil y madrugaba mucho todos los días para llegar a la obra donde trabajaba, en el norte de la Capital.
Un tren vacío entró en el andén. La gente, apiñada, caminó hacia las puertas, algunos se metieron por las ventanas que encontraron abiertas. En el amontonamiento, ella quedó prensada en el pasillo, arriba de la escalerilla para subir al vagón. A sus espaldas había varias personas más, un par con medio cuerpo colgando hacia afuera del tren. Ahora, ella tenía el bolso agarrado con las manos y siempre colgado del hombro. El pase semanal, no sé para qué en este loquero —se dijo—, lo tenía enganchado en el cuello del pulóver.
El tren arrancó y empezó a tomar velocidad. De pronto, se armó un revuelo en el pasillo del vagón, a la izquierda y vio tres hombres que empujaban y golpeaban a la gente para llegar rápido a la salida. Una mujer empezó a los gritos y otras voces la   imitaron:
      ¡Ladrones! ¡Hijos de puta!
      ¡Párenlos!
      ¡Párenlos!
Aprisionó el bolso con una mano, pegó su cuerpo contra el hombre que tenía a la derecha y se sujetó tan fuerte como pudo, del marco de la puerta que iba al vagón de ese lado. Igual, la tromba la llevó por delante. La arrancó del pasillo, junto a otras dos personas, que se le fueron encima y la arrastraron Perdió pie, lanzó un grito de terror y agarró el bolso con toda su fuerza. Sintió un golpe terrible en la espalda, le zumbaron los oídos y tuvo la sensación de que caía en un pozo profundo, sin poderlo evitar.
La gente insultaba furiosa. Porque el tren había arrancado con personas colgadas; porque no se sabía cuándo iba a volver a salir, porque había pasajeros golpeados y una jovencita, tirada al costado de la vía que sangraba y parecía muerta. Algunos gritaban para descargar la bronca, otros se arremolinaron, curiosos, a mirar la chica.
      ¡Viajamos como bestias y todavía nos cobran, carajo!
      ¡Siempre lo mismo, roban a la gente y se largan con el tren andando!
      Mirá; no se mueve la piba. ¿Estará frita?
      Es el golpe, Japonés. ¿Nunca te quedaste groggy por un golpe?
      ¿Y ahora aparecen los tipos de seguridad de la empresa?
      ¿Qué estaban haciendo, viejo, mientras nos afanaban?
      Cuándo se les va a cantar hacer salir el tren, digo yo.
      ¿Qué te pasa flaco?
      Me parece que me reventé la pata
El personal de seguridad y unos policías empezaron a alejar a la gente agolpada alrededor de la chica, mirándola, con las piernas torcidas sobre el piso, inconsciente y perdiendo sangre.
      Circulen, circulen, dejen espacio.
      ¡Má que circulen ni circulen! ¡Tengo el brazo hecho pelota! ¿Cómo me arreglo?
      Tranquilos, ya llega la ambulancia.
      ¿Y nosotros? ¿Qué hacemos nosotros? ¿Nos quedamos a dormir acá?
      Circulen, circulen. A la estación, ya se les va a avisar cuando se reanuda el servicio.
      ¡El servicio! Esto es una joda.
Llegaron dos ambulancias. Una se ocupó de la chica y la otra de los contusos.
Cuando abrió los ojos vio a un hombre con batín celeste encima de su cabeza. Quiso hablar y no pudo, tenía puesto algo sobre la boca y la nariz. Oía el ulular de la ambulancia.
      ¡Reaccionó, viejo! ¡Metéle! ¡Está perdiendo mucha sangre a pesar del torniquete!
      ¡Son las siete, pibe! ¡El tránsito es un quilombo! ¡Transfundila, para eso estás!
      ¡Ya lo hice, gil! ¡Por eso reaccionó!
El del batín celeste la miró y se dijo: Es una morochita preciosa y no debe tener mucho más de veinte años.
 Ella seguía queriendo hablar. Él acercó la boca al oído de la chica y le preguntó, sabiendo que no podría oírlo bien en ese estado:
      ¿Qué te pasa? ¿Te duele mucho?
Sacó un momento la mascarilla con el oxígeno y puso la oreja junto a la boca, para escucharla mejor.
      Eeel...Tito, me espera...
Volvió a ponerle la mascarilla, mascullando:
      ¡Me cacho, m´hijta! ¡Que espere! ¡Poné el alma en tu vida, que te hace falta!
A ella, otra vez, se le cerraron los ojos.
Un hombre corpulento con pelo negro y rizoso amarrado en una colita había esperado que pasara todo y que la gente se fuera, rezongando, hacia la estación. Fue uno de los últimos que se puso en movimiento. Levantó, como a quien se le cae algo, el bolso de plástico que había estado sosteniendo entre los pies, a tres metros de las marcas de sangre. Lo dobló y lo puso debajo de la campera. Ahora debo parecer un dogor — se dijo y a paso normal, poniendo cara de bronca, como tenían todos, empezó a caminar hacia la estación. Tardó en llegar al andén y cruzar los molinetes. El tren no se había parado tan cerca, después de todo. Enfiló hacia los baños. El olor a orín le pegó en las narices. Uno de los muchachos de siempre estaba ahí, con un jean apretado y reventándose un granito de la cara. Lo miró a él a través del espejo, le sonrió y se dio vuelta, quebrando la cintura. Él le levantó el dedo del medio con el puño cerrado y se metió en el retrete. El muchacho, a sus espaldas, se encogía de hombros frente al espejo. Cerró la puerta, bajó la tapa rajada del inodoro que, calculó, lo aguantaría. Se sentó encima, sacó el bolso de la campera y lo abrió. Aparecieron una remera y un delantal gastados y recosidos. Los tiró al piso, sobre la mugre. Encontró un monedero: tres pesos con cincuenta. No lo podía creer. Siguió buscando: un peine, un lápiz de labios barato y gastado y otras chucherías. Encontró un bolsillo grande contra un lado y se puso contento. Corrió el cierre y metió la mano, sacó una foto. En la foto se veía la piba que estaba tirada al costado del tren y un hombre como él abrazándole la cintura.
      Está sonriéndole como un huevón —pensó y colérico, rompió la foto mascullando            —   ¡La puta madre! ¡Me tomé tanto laburo por tres mangos de mierda!
 

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LA FELICIDAD
Norma Troiano
 

 
El pelo se le vino a la cara cuando abrochó el corpiño. Se puso el pulóver y, recién ahí, con los dedos abiertos, se peinó la mata lacia hacia atrás.
      Chau —le dijo.
Él, todavía desnudo, la había estado mirando en la rutina de vestirse y dijo:
      ¿Chau, nada más? Podés darme un beso.
Ella, con la cartera en la mano, sonrió, tiró un beso con los dedos y se encaminó a la puerta del departamento. Él insistió:
      La pasamos bien. Podemos volver a vernos.
Ella, sin darse vuelta, levantó la mano para que se viera el pulgar hacia arriba. Sin embargo, no lo iba a llamar. Era una regla que había roto apenas por excepción. Por eso, cuando alguno que le parecía interesante le pedía el teléfono, siempre retrucaba pidiéndolo ella. Más seguro, más libre.
En estos casos no llevaba el coche. Entre salir del edificio, llegar hasta la parada, esperar el colectivo y hacer el trayecto, se le fueron cuarenta minutos. Caminó otras dos cuadras y antes de que sacara la llave, el portero, gentil, le abrió la puerta.
      Buenas tardes señora.
      Buenas Omar, gracias.
Tomó el ascensor principal y ahí sí, tuvo que usar la llave. Adentro estaba todo en orden, como siempre. Cruzó el enorme living, todavía iluminado por la luz del atardecer, el comedor con sus sillas vestidas y fue a la cocina a hacerse un café. Siempre que hacía el amor le daban ganas de tomarse un café, sería porque no era fumadora.
Leticia salió de su cuarto al oír ruidos.
      ¿Quiere que le haga algo, señora?
      No, gracias Leticia. Sólo voy a tomar un cafecito —y continuó —Las camisas que le dejé ¿están planchadas y dobladas?
      Si señora, las puse sobre la cama, en el dormitorio.
      Saque la valija de mano que siempre lleva el señor y vaya haciéndola. Ponga abajo las medias y los calzoncillos, después el pijama. Arriba van siempre las camisas y las corbatas. No se olvide que las medias tienen que hacer juego con las corbatas.
      Sí señora.
Estaba terminando el café cuando entró Juan.
      Hola querida.
Le dio un beso fugaz en la mejilla y apoyó el maletín en la mesada. Se aflojó la corbata.
      No tengo tiempo para nada amor. Me tengo que bañar, hacerme la valija y salir. Ya sabés, este trabajo me ocupa hasta los fines de semana.
Lo miró. Estaba tostado del trabajo de fin de semana de quince días atrás, probablemente en Las Leñas con alguna menor que él. Lo conocía bien. Le miró las manos cuando agarró el maletín otra vez y siguió mirándolo cuando se fue camino al dormitorio.
      No tenés que apurarte tanto, Leticia ya te está haciendo la valija.
El giró la cabeza para sonreírle y decirle gracias mientras seguía caminando.
Ella dejó la taza de café en la pileta de acero inoxidable y pensó, una vez más, que las cosas estaban muy bien así. El mejor de los mundos.
En el fondo de la taza, el café era negro.
 
 
  

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CONVALESCENCIA
Norma Troiano

     Estoy en una habitación de un metro treinta por dos metros cincuenta. Tengo las baldosas de veinte centímetros contadas. Paredes blancas, una cama, una silla, un baño, una ventana de una sola hoja, una repisa con travesaño para colgar la ropa a la vista. Nada más. Sin contar el baño, vienen a ser poco más de tres metros cuadrados según mis cálculos y unos ocho metros cúbicos, considerando techo de madera en declive.
    No es un cuarto de reclusa. Es un cuarto individual en un hotel de una estrella de las costas argentinas. Es el cuarto donde pasaré las primeras vacaciones sola de mi vida. Las primeras vacaciones después de separada, las primeras vacaciones después de casi veinticinco años de matrimonio. Cualquiera podría pensar ¡Pálida a la vista! Y no. Me acompañan libros, fruta, el sol, el mar, el cielo, el pasado, el futuro, que quiero diferente. La gran decisión ya fue tomada. Hubo dolor, como no podía ser de otra manera y culpa, por el pesar que produje a los hijos por des- hacer el matrimonio. Pasaron ya los días de hablar con ellos, como podíamos. Los días de decir:
     “Queridos míos, uno siempre hiere a los que ama, porque con ellos está el compromiso. El compromiso de la verdad, del sentimiento” “No soy deshonesta para continuar algo que ya es una parodia” “No podrán hacerlo ustedes, mis queridos, si algún día les toca. Son demasiado
dignos para hacer un simulacro de lo una vez fue amor.”. Pasaron los días de arrastrar mi pena y sostenerlos a ellos. De decirles que toda relación que se rompe es un fracaso de dos y que yo me hacía cargo de mi parte.
     Ahora no hay silencios obligados, conversaciones de compromiso, dificultad para disponer del tiempo. No hay que acordar, que ceder, que acompañar. No hay esa tensión opresiva y la que siento, tiene que ver más con la libertad a la que tendré que darle algún destino No hay angustia. ¡Qué paradoja Dios mío, la soledad ha desaparecido al estar sola!
     Han desaparecido la percepción del disgusto del otro, de sobrar, de no ser lo que se espera, de no decir lo que el otro quiere escuchar. No ser la piedra en el zapato, el testigo, el lastre, las cadenas. No ser la juventud pasada, los sueños de un día, las promesas que nunca se cumplieron. No ser la mujer que nos acompañó en las buenas y en las malas, la madre de los hijos que nos ata, no ser la que se amó y que aún parece que se ama, la compañera solidaria. No estar siempre tan presente.
     Entre este cuartito y el mar pasaré días. Los últimos meses tuvieron cosas extrañas. No hay sorpresa con la pena, con los nuevos silencios, mucho más gratos, con los recuerdos. La sorpresa es que la vida le va pasando a una de nuevo por la mente y, como sucede con esas películas que vimos varias veces, se ven y se escuchan cosas que antes no fueron percibidas. La sorpresa es que, de a ratos, me encuentro haciendo y diciendo como veinte años antes, como si estuviera aflorando, después de un tremendo paréntesis, aquello que fui y había olvidado. Quizás todo sea una regresión, como dicen los sicólogos: actúo y siento como si fuera la joven que fui y no la mujer madura que soy.
     Caminando hacia el mar divago sobre estas cosas.
     No me importa ni poco ni mucho las eventuales regresiones, la cuestión es que causan dolor. Una siente que ha estado en una cárcel sin permiso de visita o que fue una monja de clausura y se perdió las mutaciones de la realidad que la rodea y la propia. Una se mira, en esa película impiadosa que pasa y repasa por la mente y no se reconoce en esa mujer que ve y da pena. Quizás deba volver, como los locos, al principio, recorrer todo el camino y encontrarme. Así como estoy, disociada, como si fuera dos mujeres; esa que se casó y tuvo hijos y la que soñaba el amor y la familia y se quedó perdida en el pasado. Esto es lo extraño.
     La playa está hermosa. He alquilado una carpa para mí sola, un acto contradictorio si se piensa que es poco más chica que la habitación en la que duermo, pero es lo que quiero hacer. Estar así, en los mismos espacios que estuve como esposa y madre pero sola. El sol calienta lindo sin matar a esta hora de la mañana, las carpas están casi todas vacías: una pareja de ancianos por allí, un matrimonio con niños muy chiquitos por allá. Un par de fanáticos de cara al sol, con el evidente propósito de pasarse vuelta y vuelta todo el día. Yo dejo mis libros y me voy al mar. Cuando vuelvo me siento más flaca y más liviana. Es la placentera sensación que nos deja el abrazo entre rudo y amoroso de las olas saladas. Me pongo a tomar sol, casi, como los lagartos detectados en la hilera de carpas que enfrenta la mía. El sol pronto estará demasiado alto y yo desapareceré en mi cueva de lona.
     Para las dos de la tarde el balneario es una fiesta, los jóvenes llegan bostezando y tirándose al sol, con los ojos todavía pegados después de la nocturna rutina del boliche; las familias tipo y tipo más uno o dos–hijos o parientes-, instalados con heladerita y termo para el mate; los matrimonios amigos con pibes acomodándose al sol: las nenas con las nenas, los nenes con los nenes. Me refiero a los integrantes del matrimonio, los chicos se entreveran entre el acuerdo y el estrépito.
     Salgo de mi cueva para ir a comer, el sol vertical me mata. Camino hacia el bar y trato de hacer memoria cuándo fue que me di cuenta que teníamos que ser cuatro para cenar afuera, ir al cine o al teatro; cuándo fue que resultaba importante coordinar las vacaciones con los amigos,cuándo fue que dos empezó a ser un número temido, aburrido hasta para pelearse. No pude recordarlo, debe haber sido una muerte lenta y por asfixia.
      Al regreso, mi propiedad virtual de arena delante de la carpa está totalmente invadida.
     A la izquierda un matrimonio con hijos adolescentes, y un par de adultos más, a la derecha un matrimonio con hijos púberes más los abuelos. Dejo mis cosas con parsimonia dentro de la carpa, me saco la remera y las zapatillas, de espaldas al espacio copado pensando, arteramente,cómo reaccionaría el “ser nacional” frente a la situación. Cuando me doy vuelta, sólo dos se hicieron cargo: el abuelo a la derecha y un adulto varón a la izquierda.
La cuestión es que disfruto tomando sol sentada con las piernas apoyadas al mismo nivel y,
cuando me aburro de otear gente y actitudes con los ojos entrecerrados, me tiro panza abajo
sobre la arena. Como los chicos, hago “milanesa” con mi cuerpo húmedo. Se puede compren-
der que la rutina requiere un cierto espacio y no estoy dispuesta a ceder mis placeres primarios en estas deseadas vacaciones. Siempre sin apuro, me pongo el sombrero, la toalla al hombro y cargo, en cada mano, un sillón de paja de la carpa. Consciente del diámetro aproximado con el que salgo de ella, camino impávida cual no vidente y, a mi paso, se empiezan a correr repose- ras, lonas, alguna heladerita. Saludo, amable, a los vecinos ignorando las miradas de fastidio de quienes se corren y leyendo sus pensamientos: jovata loca, me va a dar con las patas de los sillones.
     Las piernas sobre un asiento, la espalda sobre el otro, la cabeza sobre el respaldo, el ala del sombrero hace una fresca sombra sobre mis ojos.
     En este primer rastreo del patio y sus carpas descubro un padre sin conflictos con su parte femenina. Está jugando con su beba en tren de dejar pañales. Ella acarrea agua con su baldecito, incansable, desde una especie de tremendo fuentón que él debe haberle llenado en el mar. Se la lleva a su hermano, que apenas debe doblarle la edad. El papá obedece las reglas de juego de sus hijos, sin poner mano cuando el ingeniero constructor de castillos y explanadas lo corre de la escena, se ríe cuando la nena le tira agua con su balde, precisamente donde molesta.
     De mi segundo descubrimiento no me quiero hacer cargo demasiado. Es un matrimonio solo, que no cruza palabras por lo que veo escuchar imposible, estoy muy lejos para eso-, cada uno sumergido en la lectura o simplemente al sol. En materia de literatura andan parecidos; Hola y Gente y cosa así, la entretienen a ella y a él, Ámbito Financiero.
     Me parece mirar mi futuro si hubiera dejado todo como andaba, tratando de no pensar que otra vida existe o que la que estaba haciendo no era para mí. Por cobardía, por estupidez, por debilidad, por los hijos, por tantas cosas una no se libra de pesares ni se anoticia de carencias.Basta. Al mar y después, panza bajo, en la paz de los ojos cerrados.


     La vengo mirando desde que llegó. Cumple, evidentemente, una cierta rutina. A partir del mediodía, que es cuando llegamos nosotros, veo que hace más o menos lo mismo. Despertó mi curiosidad el primer día cuando, sin una palabra, hizo despejar el espacio enfrente de su carpa. Yo ya me había corrido, así que me gané un punto. (¿Me gané un punto? ¿En qué me quiero anotar?). También me resulta curioso que lea El Príncipe, y, al mismo tiempo, una soberana pavada como el libro de la Erika Jung, que tuvo que llegar a los cincuenta para darse cuenta de qué es ser una mujer libre. Debo reconocer que, además, está buena. Debe tener cuarenta y tantos y la bikini le queda... ¿Qué carajo estoy pensando cuando recién hace dos meses que logré sacar a Mirta de mi departamento? Y todavía, cuando nos encontramos, sigo cayendo en su cama aunque después me arrepienta. Será cierto lo que me dijo Elsa cuando nos separamos: los hombres no pueden estar solos, pronto tendrás una más pendeja que yo colgada del brazo. Pero estoy decidido a ser capaz de estar sólo, ya empecé tomándome estas vacaciones sin mina alguna ni antigua, ni nueva. Tengo que cortarla con los manejos de Mirta, aunque eventual- mente el celibato me dure algún tiempo. Se está yendo al bar a comer. Es evidente que no le teme al ridículo, el sombrero que usa debe de haber sido de alguno de sus hijos cuando eran pibes o del dorima si iba a la cancha. ¿Por qué me la hago separada y con hijos? Me debe haber influido la de la carpa vecina cuando suspiró y dijo, viéndola, “Mirá que bien la pasa. No tiene que discutir con nadie a qué hora ir y hasta cuándo se queda en la playa, no tiene que preocu- parse por dónde andan los hijos, no tiene que resolver la cena para cuatro que nunca están de acuerdo. La envidio.” O quizás será por la forma en que se pone al sol, medio felina, medio adolescente. ¡Carajo, espero quince minutos, me voy al bar y me siento en su mesa! Me quedan tres días y no me voy a ir con dudas. ¿Dudas? Albertito, te querés ir con un teléfono. ¿No habíamos quedado en estar sólo un tiempo? Sí, sí, ya sé que tengo un divorcio, un concubinato, tres hijos y varios errores que creí amores, pero lo más previsible de mi futuro en materia de genitales es que tenga que preocuparme por la próstata en pocos años más. Juro que es curio- sidad y no me meteré en líos. Me voy al bar.


     Mi galán de verano se fue ayer. Cuando se sentó en la mesa del bar pensé que venía de levante y todavía me queda la duda. A veces me parecía que sí, pero nunca se salió del modelo adulto solo asumido. Creo que, sinceramente, no podía ubicarme entre una mujer dócil o rebelde y, si es por lo que yo haya podido hacer o decir, debe de haberse ido sin la solución. Yo misma me pregunto si no seré las dos cosas, según de qué se trate. Esquivé toda posibilidad de relación en Buenos Aires, con buenas razones para hacerlo, pero también por miedo.
     Estuvo bueno tomar mate una tardecita, sin apuro y caminar por la playa ayer que estaba tan nublado. Hoy el sol va a pegar con todo. Siento la arena caliente a través de las zapatillas y ape- nas son las diez y media. El carpero viene tras mis pasos descalzo, lo más fresco. Le envidio el color que le ha dado el sol, tan parejito, y las piernas duras de caminar todo el día en la arena. Las mías ya no serán así nunca más. Me alcanza y me da un sobre. Propaganda, supongo.
     Mi cueva verde está fresca a esta hora, dejo las cosas y me voy al sol.
     Mi padre preferido llega con la nena a babucha y el hijo de la mano. Su mujer los sigue y cada día me parece más linda con esa placidez de embarazada, aunque no lo esté.
     Mi matrimonio del pasado visto en el futuro no ha llegado. Por lo que veo, hay rotación.     Aparecieron una pareja con un bebé de meses y dos matrimonios que deben tener nietos ya.   Es el cambio de quincena. Yo elegí semanas raras, segunda y tercera de enero.
     El agua está hermosa y hay bandera celeste. Se me va el tiempo metida en el agua. A la vuelta me seco al sol, busco el reloj en la carpa; casi la una, me quedaré aquí a leer el diario. El sobre, maldito, se me resbala por debajo de la lona y casi lo pierdo en la carpa vecina. Veamos qué tiene.
     Me juré no pedirte el teléfono, pero no no dártelo. Llamáme, me quedó mucho por decir y por hacer. Besarte, por ejemplo. Tengo algunas virtudes también: soy capaz de correr riesgos cuan- do deseo realmente conseguir algo. Llamáme, quisiera que corriéramos juntos un riesgo.
     Alberto Marini 7749-2211,
     Lo leí dos veces.
     Lo guardé en el lugar más seguro de mi mochila.

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