MERCEDES ROCCA

Escritora Mercedes Rocca


          Quiero una tela para verano, de algodón, muy liviana, en color negro.
El joven vendedor le miró, absorto, la boca carnosa y las pestañas espesas y quedó fascinado con el cuerpo, muy alto y escultural.
      Estoy apurada —le dijo ella.
El vendedor fue de inmediato hacia el fondo del negocio y volvió muy pronto con las mejillas enrojecidas y una pieza de tela negra, que apoyó en el mostrador.
Verónica evaluó con atención el espesor de la tela, tomándola entre los dedos índice y pulgar.
      ¿No hay una tela de trama más abierta?
Al escuchar la pregunta, el vendedor recordó.
      ¿Usted compraba antes en esta misma cuadra, en la sedería “La tentación”, que cerró hace poco?
      Te pregunté si hay una tela de trama más abierta.
      No, señora, no hay —respondió con cortesía el vendedor, ante el tono seco de la mujer.        
      Cortá medio metro.
El vendedor obedeció.
Verónica dobló la tela por la mitad y le pidió al vendedor que hiciera un tajo de cinco centímetros en el doblez. Luego ella tomó la tela y a partir del corte, la rasgó sin mayor esfuerzo en dos pedazos. Quedó satisfecha.
      ¿Cuántas piezas tenés?
      Creo que hay dos.
      Las llevo.
      Sí, es usted —dijo emocionado el vendedor.
      Sí y qué hay. Andá a buscar las piezas.
Verónica llamó por el celular al chofer y después pagó en efectivo.
El vendedor llevó la mercadería hasta la calle. El chofer le abrió a Verónica la puerta trasera del Mercedes beige y colocó en el baúl las dos piezas de género.
Fueron hacia la casa de la modista, conforme a lo que correspondía hacer. Ella se quedó en el auto mientras el chofer entregaba las telas.
La modista se puso a trabajar de inmediato en los vestidos que confeccionaba para Verónica, a razón de dos por semana. Los diseños eran sólo dos y siempre iguales.
Uno de los vestidos era abotonado en la espalda desde el cuello hasta la cintura, con presillas y pequeños botones forrados con tela negra y con una delicada puntilla blanca aplicada en el borde. La pollera terminaba a un centímetro del piso y en la parte posterior tenía un tajo central de noventa centímetros, adornado también por la fina puntilla blanca.
El otro modelo estaba abotonado en la parte delantera, desde el mentón hasta la cintura, con similares presillas y botoncitos y con el adorno de la misma puntilla blanca. La pollera llegaba a un centímetro del suelo y por delante tenía un tajo central de ochenta centímetros, con la puntilla blanca aplicada en el borde.
Los martes por la noche, convenientemente acicalada, se ponía el vestido con el tajo adelante; los viernes, el que tenía el tajo atrás. Como preparación al amor y ante los pudores y negativas de Verónica, el amante rompía el vestido de turno, en un ritual que siempre lo enardecía.
La relación había comenzado seis años antes, cuando el hombre de cincuenta y tres años, muy buen mozo y seductor, cautivó con sus atenciones a la joven de veintidós años, que por último lo atrapó a él. Con el tiempo los sentimientos de ambos se consolidaron, tanto en el afecto como en el placer. Dos departamentos, una cuenta bancaria, el Mercedes y una mensualidad considerable, le permitían a Verónica estudiar abogacía, sin trabajar.
Un viernes, el amante comenzó a ejecutar la ceremonia amorosa de rutina. Como era lo indicado para ese día, ella llevaba puesto el vestido con el tajo atrás. En el juego amoroso, él rasgó concienzudamente la vestimenta por la parte trasera, como correspondía, pero no pudo cumplir las etapas ulteriores. Verónica, desconcertada, se sentó en el sillón de pana con las largas piernas extendidas, desnuda por completo, como siempre lo estaba bajo las telas negras y las puntillas blancas. Él, muy alterado, optó por servirse whisky con hielo, más de una vez.
El martes siguiente, el encuentro sexual fue muy satisfactorio, lo que no ocurrió el viernes de la misma semana. Esta peripecia de los viernes se instaló en forma permanente. Entonces, los viernes, en las primeras horas del encuentro, ella se dedicaba a estudiar mientras el amante revisaba su agenda, hacía llamados telefónicos y, a veces, como tenía el título de abogado, le explicaba algún tema complejo. Luego cenaban, y tomaban el café charlando en el living. Una noche el acaudalado amante mencionó los sucesivos amores de su vida, pero no había llegado al último, cuando interrumpió el relato de una manera imprevista.
      Bombón, qué te pasa —le dijo Verónica, que tenía debilidad por el chocolate.
      Nada, sólo pienso por qué nos separan tantos años.
Sentado en el sillón de pana, el compungido amante recibió las caricias de la mujer. Ya había ingresado en la sexta década de la vida y se sentía afectado por los impactos del tiempo.
      Porque no estuviste en mis treinta años, así como sos ahora —se lamentó.
      Porque estuvo tu mujer que es tan hermosa y tan buena. Tenés tres hijos, dos nietos y no sé cuántos millones.
Y agregó con humor, para quitarle la angustia:
      Y además estoy yo, como la frutilla del postre.
Él sonrió y la besó con suavidad en la boca.
      Hagamos un viaje. Cuando me reciba de abogada, vayamos a Hawai.
      Sí, por Dios, sí —respondió él.
      Y además, cuando me reciba, voy a llevar todos tus asuntos legales. Y quiero estar en tu despacho, muy cerca tuyo. Va a ser excitante y un desafío, estar con vos sin que los demás sepan lo nuestro. Voy a llevar el pelo recogido en un rodete, no voy a usar maquillaje y me voy a poner vestidos negros, largos desde el cuello hasta el piso, pero sin tajos especiales. Espero que con esa apariencia inofensiva nadie sospeche.
Él festejó la ocurrencia de Verónica y pareció reponerse, pero ella quedó muy preocupada por el estado de ánimo del amante. Por eso contrató a Santina.
 
Santina era tan pequeña que no alcanzaba a la mesada de la cocina. Cuando llegó, traía una bolsa de tela blanca y un banquito. Verónica quedó asombrada por su aspecto. Recordó en ese momento las nociones de geometría y se decidió por el cuadrado, al ver los brazos muy cortos y casi tan anchos como largos y también eran así el tronco y las piernas.
Pero no obstante la contrató, porque venía muy recomendada por sus habilidades culinarias. Y porque había decidido en lo futuro alimentar al amante con comidas preparadas en casa y no comprarlas más en la rotisería, ya que creía en los flujos vitales de las comidas caseras. En sólo un día Verónica comprobó la valía de la cocinera; le había pedido que le hiciera fideos amasados y cortados a mano y una mayonesa casera para acompañarlos.              
      Santina, son riquísimos y la mayonesa, un manjar. La felicito.
      Muchas gracias, señora.
Verónica siguió comiendo.
      ¿Usted es italiana? —le preguntó sólo por preguntar, ya que era inconfundible el acento de la cocinera.
      Sí, señora.
      ¿De qué parte de Italia? —dijo mientras decidía comer los dos fideos que quedaban en el plato.
      Sicilia.
      ¡Ah! Yo nací aquí, en Buenos Aires.
Después agregó:
      Bueno, Santina. Ahora viene la segunda etapa del trabajo, la de poner la mesa. Este viernes viene mi novio a cenar y quiero que todo sea muy especial. Vamos a poner la mesa entre las dos.
      Sí señorita y yo tengo para eso mi banquito —le dijo la cocinera, quién consideró que como había nombrado a un novio, no debía decirle señora.
Verónica miró con admiración a la cocinera, porque ya la había visto amasar con una fuerza increíble, subida al banquito, que podía correr por el piso de la cocina y a lo largo de la mesada, sin bajarse de él. Y sintió que empezaba a querer a Santina. Después de reflexionar, le dijo:
      El plato fuerte de la comida van a ser las pastas, cortadas en cintitas de siete milímetros de ancho, que a mi novio le encantan. ¿Me entiende, Santina?
La cocinera miraba hacia arriba, pendiente de las indicaciones de Verónica.
      Sí señorita, entiendo todo y yo lo voy a hacer todo bien —contestó entusiasmada con la señorita, tan bella como generosa a la hora de pagar.
 
El jueves, Verónica le anticipó por teléfono al amante que al día siguiente no iba a estudiar.
Él llegó el viernes a la hora habitual y como siempre ambos se sentaron en el living; ella llevaba puesto el vestido con el tajo atrás.
      Vero, ¿no tenés nada para estudiar?
      No, amor. Por eso preparé una comida especial, que hice con una cocinera que se llama Santina.
      ¿Sí, que cocinó?
      Qué cocinamos, dirás. Es una sorpresa.
Luego agregó:
      Te pido que no uses el celular, porque cuando todo esté listo, te voy a llamar por teléfono desde el comedor.
      ¿Por qué me vas a avisar así? Además tengo que hacer algunos llamados.
      Bombón, hacelos ahora o en los próximos veinticinco minutos y después dedicate a tu agenda o a lo que quieras, pero no uses el celular ni entres al comedor, porque con Santina vamos a preparar una mesa especial.
Ella, muy contenta, impidió una posible respuesta con un beso en la boca del amante y se aseguró su obediencia con un contoneo sugerente mientras caminaba hacia el comedor.
Santina, con la comida ya preparada, la estaba esperando en la cocina, para poner la mesa en el comedor y después irse muy rápido por la puerta de servicio, de acuerdo a las instrucciones que había recibido. Les llevó a ambas 35 minutos preparar la mesa.
Después Verónica, asistida por Santina, llamó por celular al amante para que viniera a comer y enseguida despidió a la cocinera, quién en un instante desapareció por la puerta de servicio, encantada por la creatividad de la señorita y contentísima porque debía volver el viernes siguiente.
El amante, hambriento, entró al comedor. Sorprendido, miró la mesa tan larga como vacía. Ellos acostumbraban comer en un extremo de la mesa y en ese sector sólo vio, colgando en el respaldo de la silla que siempre usaba Verónica, el vestido que llevaba puesto un rato antes. De inmediato fue a la cocina. Ella no estaba allí y la cocinera tampoco. Respiró hondo y, desconcertado, volvió sobre sus pasos. Entró de nuevo al comedor y fue directo hacia la silla con respaldo, del que colgaba el vestido de Verónica. Se sobresaltó al ver en el suelo las piernas de Verónica, con una pulsera roja en el tobillo. Se aproximó y la vio, acostada en el piso de mármol, a un costado de la mesa.
      ¿Qué te pasa?
      Nada —contestó ella y sonrió.
Al mirarla con más detenimiento, le pareció que se había vestido según la usanza hawaiana, tal vez por el viaje planeado y tantas veces postergado.
Tenía puesta una pollera de flecos finitos y muy cortos, que dejaban entrever su desnudez. En el busto, tiritas rojas, muy angostas, partían de cada pezón. El miró, extasiado, esos dos soles. Unas mangas de color verde suave, que cubrían los brazos de Verónica desde la muñeca hasta las axilas, completaban el atuendo. Como adornos, ella tenía un collar de cuentas negras, ovaladas y en el medio de la frente, una pirámide pequeña, de color rojo. Por último, una bincha gruesa, cilíndrica y en color manteca, ordenaba el pelo muy largo y rubio.
El quedó embelesado.
      Querido, la cena está servida.
Él se arrodilló a los pies de Verónica, tomó un pie para besarlo, pero se desprendió del tobillo la pulsera roja. El amante quiso agarrarla, pero se le escurrió entre los dedos. Con la atención puesta en la pollera hawaiana, soltó el pie sin besarlo. Agarró los flecos y enloquecido, los apartó.
      Comé, querido, comé todo lo que quieras.
Las cintitas amasadas por Santina estaban exquisitas. El amante empezó a comerlas y también se dedicó a otras actividades. Verónica, satisfecha, levantó sólo la cabeza para mirar al amante; en consecuencia, se le corrió la bincha y se le cayó de la frente el adorno rojo. Decidió comerlo y así saboreó una frutilla, mientras él ascendía hasta el pecho, donde dio cuenta de las sabrosas tiritas de ají morrón. Después ella desenhebró una cuenta del collar y comió la aceituna sin carozo, de primera calidad, muy negra y carnosa. Se sintió muy fuerte y le ofreció una al amante, pero él no la escuchó. Enseguida Verónica se dispuso a comer la banana ya pelada, sacándose la bincha, cuando él con muchos besos, llegó a la cara. Enloquecida de alegría y placer, sintió que había sido accedida. Y antes del éxtasis, abrazó muy fuerte al amante. Entonces de sus brazos volaron las lechugas capuchinas, que al descender, completaron esa cena, tan especial.
 

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