ALCIRA SALDAÑA

Escritora Alcira Saldaña

 
En París, Eugenia recibió la carta de su madre diciéndole que la esperaba para las fiestas. Quizás sea la última vez que los vea. La frase le resultó familiar. Desde chica, la madre los había inquietado siempre con frases como: No llego al año que viene. Hoy no pude respirar. Un día me van a encontrar muerta. Eugenia llamó a Nueva York.
      Hugo ¿Te escribió mamá?
      Si, parece que nos avisó a todos. Piensa hacer reunión familiar, como en los viejos tiempos.
      Lo de siempre.
      Pobre vieja, nos extraña ¡Nos fuimos todos!
Hablaron un rato más y se despidieron.
      Bueno Hugo, nos vemos en Buenos Aires.
A Eugenia no le fue fácil pedir vacaciones en el nuevo trabajo. Todos querían irse para las fiestas y ella era la más nueva. Tuvo que recurrir al: Mamá está enferma. Si no voy ahora quizás no la vuelva a ver. Los compañeros comprendieron. Tuvo también problemas con el vuelo. Ya no había pasajes. Mi madre se agravó en las últimas horas, le dijo al gerente de la línea. Le consiguieron lugar en clase ejecutiva y tuvo que aceptarlo para llegar a tiempo, aunque las cuotas del pago le fueran a complicar los próximos meses. Llegó a Buenos Aires el 30 de diciembre a la tarde.
      ¡Hija mía! Creí que ya no te iba a volver a ver —la recibió la madre.
Se abrazaron.
      Mami, me imagino todo lo que habrás preparado para el festín. 
      Eugenita, ya estoy vieja. No tengo la paciencia de antes. Las manos no me responden.
Mientras hablaban iban entrando al comedor. Los tres hermanos que ya habían llegado, se levantaron a abrazarla.
      ¡Oh, bon jour, París, París! —dijo Hugo, el mayor.
      ¡Euge, tanto tiempo! —dijo Claudio, el que le seguía en edad a Hugo.
      ¡No me dejen afuera! —dijo Frida, la hermana y se acercó a sumarse al abrazo.
Después del abrazo, se acercaron al arbolito. Al pie, había cuatro regalos envueltos en papel dorado. 
      ¿Les traigo un licorcito? —interrumpió la madre —Lo preparé especialmente.
      Tu tradicional Lemon chelo —dijo el mayor.
La madre asintió con la cabeza.
      ¡Qué venga!
Se sentaron en los sillones. La madre trajo el licor y unas cositas dulces. Comían y se contaban las experiencias de la vida lejos de Buenos Aires. La madre no dejaba de servir y traer platitos. Interrumpía a cada rato preguntando que tal estaba esto o aquello.
      No se llenen, guárdense para la cena —les dijo.
      ¿Te ayudamos?
      No. Quédense charlando. Me encanta verlos a todos juntos. Yo me arreglo.
Hugo contó de Estados Unidos, de cómo se había adaptado.
      Me va muy bien, son tan desabridos los yanquis, que un porteño cualquiera los puede dar vuelta —dijo.
      Tan tontos no deben ser. Son la primera potencia mundial —dijo Claudio.
Eugenia contó de París, de su nuevo trabajo en una galería de arte en Montparnase y Claudio, que siempre hablaba muy poco, se despachó con relatos de Brasil.
      La única resistente soy yo —dijo Frida.
      Gorda ¿Qué tal La Puna, mucho estrés? —le preguntó Hugo.
      A mí, mi país me gusta. Después que murió papá, no me iba a quedar acá con la vieja. Hoy pesaría doscientos kilos. Me fui p’al norte.
      Con los coyas ¡Siempre tuviste debilidad por los indios!
      Te dan muchas satisfacciones.
El tiempo iba pasando y los cuatro hermanos solo paraban de contarse cosas cada vez que la madre preguntaba sobre la comida.
      A poner la mesa —se asomó la madre desde la cocina.
Pusieron el mantel, las servilletas, los platos y los cubiertos. Cada uno buscaba algo y lo encontraba en el lugar de siempre. Se divertían adivinando los lugares, a ver quien se acordaba más rápido.
      Y ahora todos a la mesa —dijo la madre.
      Te ayudamos a servir.
      No. Dejen que yo se como vienen las cosas.
      ¿Alguna vez nos dejó entrar a la cocina? —preguntó Eugenia.
      ¡Jamás! —respondieron a coro los otros tres.
La madre iba trayendo platos y platos hasta que llenó toda la mesa de colores y aromas deliciosos. Frida tendió la mano para probar un empanadita.
      No piquen todavía. Esperen que dé la voz de ¡Áura! —dijo la madre dándole a Frida un golpecito en la mano.
      Esperamos a que te sientes —dijo Claudio.
Cuando terminó de servir los platos y traer la bebida, la madre se sentó en la cabecera. Empezaron a comer y se hizo el silencio. Solo se oían los choques de los cubiertos en los platos y las exclamaciones de gozo. Recién cuando se hubieron saciado, volvieron los comentarios y las chanzas. La madre retiró los platos de la comida y trajo los postres. Comieron.
      Es bueno estar en casa —dijo Claudio desabrochándose el cinturón.
      ¡Cuánto hace que no comía tan bien! —dijo Frida.
      En París te sirven un poquito en el medio de un plato enorme ¡Y a eso le llaman comida! —agregó Eugenia.
      Ya verán lo que tengo para mañana —dijo la madre.
      ¡Estuvo todo buenísimo! —dijo Hugo y fue hasta la ventana a tomar un poco de aire.
Claudio se sentía repleto, a duras penas logró levantarse para darle un beso a la madre y volverse a sentar.
      ¿Un café con otro licorcito? —preguntó la madre.
Todos asintieron. Esta vez la madre sirvió el licor de huevo.
      Ahora a la cama —ordenó la madre.
      Mami ¿Levantamos la mesa? —preguntó Eugenia.
      De ninguna manera. Vayan a ver como les arreglé las piezas.
Las camas estaban listas. La de Eugenia tenía ositos de peluche al lado de la almohada, la de los varones sábanas escocesas y la de Frida, almohadones en tela indígena. Durmieron como leños esa noche.
      Arriba chicos, ya está el desayuno —los despertó la madre a las nueve.
Les costó despertarse, se sentían llenos, pero la mesa estaba servida con tortas y facturas tan apetecibles que no pudieron negarse.
      El desayuno es la comida más importante del día —dijo la madre mientras cortaba las tortas.
      A mi ya no me entra más nada —dijo Eugenia dejando un pedazo de torta en el plato.
      Sabés que no se debe despreciar la comida. Hay quien no tiene para comer —le dijo la madre.
Y puso en la cuchara la porción de torta y se la acercó a Eugenia a la boca.
      ¡Vamos! ¡Comé!
      ¡Ma, no doy más! —se quejó Eugenia masticando la torta.
Frida no se hacía rogar y picaba de todo lo que había en la mesa. Los varones comieron y se tiraron después en el sillón del living a descansar. Frida y Eugenia se retiraron a sus habitaciones porque dijeron que se sentían descompuestas.
Al mediodía los despabiló el olorcito a cordero asado. No tenían ganas de almorzar.
      Algo tienen que comer para tirar hasta la noche —les insistió la madre.
Hicieron un esfuerzo. Después de comer fueron a dormir la siesta y no se levantaron hasta que anocheció.
      Arriba dormilones que hay que preparar la mesa —los despertó la madre.
Cenaron los platos fríos y los calientes. La madre trajo la sidra, el pan dulce y las frutas. Les pidió que brindaran aunque faltaba para las doce.
      ¡Salud! —brindaron chocando las copas.
Antes de comer lo dulce, quiero que abran los regalos que les preparé.
Eugenia fue a buscar al arbolito los paquetes dorados. Empezaron a abrirlos mientras la madre comía pan dulce.
      ¿Qué es esto? ¡Un babero! —dijo Eugenia.
      Tu primer babero —dijo la madre.
Cada uno encontró un babero en su paquete. La madre había terminado de comer el pan dulce, se puso de pie y le dio un beso a cada uno.
      No quiero más despedidas. Se que no los volveré a ver —dijo conmovida.
      Todavía no nos fuimos —dijo Frida.
      Esta vez, soy yo la que me voy… Así lo he planeado. Solo me queda decirles: No coman el pan dulce —la madre se apretó la garganta— ¡Los amo! —clamó.
Se le aflojaron las piernas. El vértigo y las convulsiones la volcaron al piso.
Cuando afuera comenzaba la algarabía del año nuevo, la madre tenía en la cara, la mueca riente e inmóvil de la muerte. 

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ESTACION LIMA 
Alcira Saldaña

“Sin embargo, en el universo se ha detectado que hay relaciones entre las partículas a pesar de que estén alejadas en el tiempo, son relaciones dentro de la acronología”. Ésta es Sáenz Peña, la próxima estación es Lima, dijo alguien a mis espaldas. Levanté la vista del libro. El chico estaba sentado en el sentido en que iba el subte y yo estaba en la dirección contraria. Hace años que viajo de Primera Junta a de Plaza Mayo esperando el escenario relativo en el que pasado y futuro se presenten simultáneamente. El chico le señaló mi ojo tuerto al hombre que tenía al lado. El hombre le dijo algo y el chico miró por la ventana el túnel. Miré por la ventana. El chico comenzó a preguntar cosas al hombre. El hombre contestaba y le daba explicaciones para todo con esa voz latosa que me traía la presencia de lo que antes ya había oído. Esperé ¿Y si el azar fuera algo más que un mero accidente del destino? El chico tenía un bolso marinero de esos que se usan para ir al club. Balanceaba el cartoncito de leche chocolatada de un lado para otro. Los pasamanos se bamboleaban al mismo ritmo del cartoncito. El ruido era monótono. El hombre agarró el cartoncito de leche y le acercó la pajita a la boca. En cada acto se generará un caos, sin embargo, cuando recogemos una gran serie de datos, el caos se nos muestra como un conjunto ordenado. El chico torció la cabeza y la alejó de la pajita como si fuera el meneo involuntario ocasionado por el vaivén del subte. Las relaciones entre las partes son más importantes que las partes mismas, las realidades no percibidas son abundantes como las ondas de radio, que no percibimos a pesar de que están aquí. El hombre insistió con la pajita y el chico en un movimiento brusco de la cabeza chocó con el cartoncito de leche. Ocurre todo en el mismo orden. Es necesario reparar la situación a tiempo. El cartón cayó y una gota de leche salpicó los pantalones del hombre. Supe entonces que pronto vendría el golpe en la cara. Como el que me había dado mi padre. El golpe que me había hecho perder el ojo izquierdo. De un salto me levanté. Esta vez lo iba a evitar. Tropecé con la mujer que estaba parada junto a mi asiento. Le pedí disculpas. Habíamos llegado a la estación Lima. Esa era la estación del club y el hombre bajaba con el chico. Traté de bajar. El golpe de mi padre había sido en el andén. Las puertas se cerraron. Otra vez el túnel.   

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PSICOSIS
Alcira Saldaña

PSICOSIS
 
  Silencio en el pabellón. En la oscuridad del cuarto, Fermín se mueve y torpe, como animal, manosea las paredes húmedas y pegajosas. Busca algo, un hueco, una señal. De pronto escucha un grito apagado que conoce y con el grito, siente que el suelo se sacude y las paredes se estrujan sobre él.  
* Tengo que salir de aquí?dice.
  El estremecimiento pasa y vuelve la calma, sin embargo Fermín sigue inquieto, en suspenso como en un sumidero que lo fuera a empujar al vacío.
*  ¡Voy a salir!?grita.
* ¡Fermín! Acaba ya, loco maldito. Estás aquí para curarte?le dice una mujer.
  La mujer ha estado allí desde el principio, en silencio, de pie al lado de la puerta del cuarto y dando apática, vueltas a las perlas de su collar.  
* ¡Basura! ?le grita Fermín? Me insulta la piedra de tu cabeza ¡Te la voy a arrancar a machetazos!     
* ¡Ah sí! Y yo le voy a decir al enfermero que no te deje salir nunca más.
* No lo hagas. No seas mala.
  La mujer da media vuelta y sin detenerse a contestar, atraviesa la puerta y la cierra de un golpe. En el pasillo del sótano, suena el ruido de sus tacones hasta que se detiene y le vocifera a alguien:
* No vengo más a ver a Fermín y no lo deje salir, me quiere matar.
* De acuerdo señora?le contesta el enfermero? Lo voy a asentar en el libro de novedades.
* ¡Mala!?grita Fermín desde adentro del cuarto.  
  Escucha alerta los tacones de la mujer alejándose por el pasillo, subiendo la escalera y grita:   
* Nunca me quisiste. Cuando te diste cuenta de que te había invadido, ya era tarde. Ni con perejil me pudiste sacar ¡Inmundicia! ¡Piedra, puta!
* ¡Shh!, silencio ?exclama el enfermero desde el pasillo.
  Después, Fermín escucha los pasos del que dijo silencio alejándose y va a un rincón del cuarto y agazapado mueve los brazos y vuelve a sentir el grito sordo y los espasmos que comprimen las paredes sobre él con cadencia metódica. Es tenebroso pero no siente miedo, no recuerda haber estado en otro lugar que en esta bóveda oscura y empecinada que lo acorrala sin hambre y sin dolor.  Sale del rincón y como animal friega las paredes. Encuentra la señal, el hueco. Lo aguijonea. Los dedos se le atascan. Los retira frenético y prueba franquear el hueco con la cabeza, empuja con todas sus fuerzas. Y otra vez el grito y el apretujón de las paredes. Se agita. Es ahora o nunca. El hueco cede, entonces sin amarras, se escurre por un estrecho tortuoso y húmedo. Avanza sin respiro hasta que una bocanada de luz le llena los ojos. Un vacío seco le agrieta la garganta. Una profusión de brazos y manos lo enganchan. Queda colgando boca abajo y recibe una palmada en la espalda. Traga por primera vez el aire y el asombro y lo devuelve como sonido, como voz, como llanto sin lágrimas.  
  Los brazos lo apoyan sobre un pecho tibio. Encima del pecho unos ojos se espantan y se cierran y una boca se abre y dice:
* ¡Sáquenlo de aquí! No lo quiero.

 

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